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10 de las m?s populares leyendas de la cuidad de Zacatecas
Baile en el Pante?n del Refugio
Cuenta una voz popular de la vieja Ciudad de Zacatecas, que all? por el a?o de 1860, cuando nuestro pa?s era teatro de sangrientas guerras entre liberales y conservadores, pertenec?a a la guarnici?n un capit?n de nombre Augusto Pav?n. Se encontraba el aludido militar en la plenitud de la vida, andando en los veintinueve a?os. Era alto, esbelto de movimientos airosos, rostro de tez blanca, ojos azules, boca atrevida que luc?a unos bigotes rubios, como el pelo de su cabeza, arreglados siempre con esmero. Su porte marcial al que daba mayor gallard?a el flamante uniforme, era la admiraci?n del bello sexo y su trato afable y correcto av?ale granjeado el aprecio y estimaci?n de sus amistades, las muchas haza?as que de ?l se contaban lo hac?an popular en la ciudad.
Hab?a por ese tiempo en la Plaza de la loza, llamada tambi?n del Laberinto, una fonda denominada la Luz de la Aurora, que gozaba de numerosa clientela debido a las gracias de su due?a: una morena de veinte primaveras y arreboladas mejillas, llena de atractivos y que ten?a por nombre o sobrenombre, que esto no hemos podido averiguarlo, Amparo de la Felicidad. El establecimiento en cuesti?n era reducido pero lo bastante amplio para contener hasta cuatro mesillas, cada una con asientos para seis personas. Su adorno, por dem?s sobrio, consist?a en un jarr?n con flores que de ma?ana tra?a del Portal de la F?brica la bella fondera para ponerlas a las plantas de un Santo Cristo de tosca escultura, que se encontraba pendiente de la pared en el costado derecho del establecimiento y del cual era ferviente devota Amparito de la Felicidad.
En el marco de la puerta que daba acceso a la cocina estaba un perico sobre una estaca, parlando lo m?s del d?a y llamando por su nombre a casi todos los parroquianos; un perezoso gato caf?, de pelo esponjoso, pasaba buenos ratos durmiendo debajo de alguna de las mesas, mientras que un perro negro de pelo sedoso y brillante, haciendo honor a su nombre de Centinela, permanec?a sentado a la entrada de la fonda; recibiendo, de cuando en cuando, las caricias de los visitantes y sin hacerle extra?amiento a una murga callejera que casi a diario deleitaba a la concurrencia durante las horas de la comida. Cont?base entre los abonados all? nuestro capit?n, objeto de especiales atenciones y deferencias por parte de la due?a, as? como tambi?n ve?ase honrado frecuentemente el establecimiento con las visitas de un empleado p?blico llamado Juan Ponce, no menos atendido que el anterior. El mencionado Juan Ponce era un p?caro de siete suelas, de rostro rubicundo y de algo m?s edad que el soldado, sin querer decir con esto que llegase a la madurez.
Eran de verse las buenas migas que hicieron desde el primer d?a de conocerse los dos personajes, siendo rara la vez que Augusto iba sin la compa??a de Ponce a tomar sus alimentos, y se procuraban tanto y la familiaridad de ambos lleg? al grado de no poder estar el uno sin el otro, en sus ratos de ocio. Aunque dejamos ya dicho que entre los dos repart?a sus atenciones la guapa moza, era manifiesta, sin embargo, su predilecci?n por el capit?n, para qui?n abrigaba la m?s secreta pasi?n, sin que ?l hubiese ca?do en la cuenta. Diariamente, las sobre mesas prolong?banse m?s de lo debido, y especialmente en las noches, hasta horas muy avanzadas, no siendo raro que los sorprendiese la aurora en su animadas charlas; ya refiriendo el presuntuoso militar sus temerarias haza?as; ya haci?ndolos pasar Juanito Ponce amenos ratos con chistes y agudezas; ya Amparito entonando sentimental canci?n de la paloma, con su voz entonada y quejumbrosa, canci?n de muy agrado de sus amigos, porque les tra?a a la memoria sus mejores recuerdos, y por estar muy en boga en aquel entonces, hab?anle granjeado fama a la muchacha de buena cancionera, cuya fama pregonaba a los cuatro vientos sus numerosos admiradores y todos aquellos de sus parroquianos a quienes les hab?a tocado en suerte regalarse con las dulzuras de sus garganta. Al apagarse los ?ltimos acordes de su guitarra, el militar y el empleado premiaban su labor con nutridos y prolongados aplausos. No fueron pocas las veces en que los dos amigos, despu?s de cenar, salieron de all? con muchos otros militares y civiles, en animado gallo, a canturrear, a los acordes de la orquesta, al pie de los balcones de las guapas zacatecanas recorriendo as? de este modo y manera, las rom?nticas calles de la Muy Noble y Leal Ciudad de Zacatecas. En esta forma gastaban entre ellos la vida, distribuyendo el tiempo entre las obligaciones de su profesi?n y las continuas parrandas y disipaciones.
Cuando m?s felices se sent?an los tres amigos: la fondera, el empleado y el militar, negra nube oscureci? la dicha. El regimiento al cual pertenec?a el capit?n Pav?n recibi? orden de salir de campa?a. Cuando hubo ?ste cumplido con su deber social de despedirse de sus amigos, encamin? sus pasos a la fonda; en ella le esperaba su camarada Ponce, el soldado, en su interior, experimentaba inexplicable presentimiento. Contra la costumbre, bebe poco y come menos, en los momentos de abandonar la fonda, informa a sus amigos de su pr?xima partida, con amargura, entre caricias, recomienda a Amparito reciba un retrato suyo que un pintor deb?a llevarle luego lo terminase, como su familia llegar?a a la ciudad muy breve, le encarec?a lo pusiera en sus manos a su arribo. Por ?ltimo le suplica, ya trasponiendo la puerta, le prepare suculenta cena, como para veinte personas, porque quiere pasar la noche rodeado de sus amigos con el fin de despedirse de ellos.
Ve?a Amparito de la Felicidad ?rsele el gozo al pozo, con la marcha del Capit?n, pues a m?s de amarlo con ternura y venirle de perlas el familiar trato de los amigos, ve?a ascender las utilidades de su negocio con el producto del licor que esas veladas en buena cantidad se consum?a, cuya cuenta quedaba siempre a cargo del militar, quien religiosamente la cubr?a en los d?as de pago. Secreta angustia le robaba la tranquilidad. A las nueve de la noche, poco m?s o menos, se presenta en la fonda, seguido de Ponce y varios oficiales de su mismo cuerpo que junto con ?l deb?an salir a campa?a, y de algunos j?venes de la flor y nata de la sociedad zacatecana. Al traspasar los umbrales del establecimiento, son saludados con las vivas notas de la marcha guerrera, ejecutada por la mejor orquesta de la ciudad, mandada de antemano por los amigos del Capit?n.
Se comi? y se bebi?, se charl? mucho y todos brindaron por el feliz ?xito de la campa?a que iba a emprender el militar. Cuando los humos del alcohol hubi?ronse subido a la cabeza, la cordialidad estaba en su apogeo y Amparito, en competencia con la orquesta, deleitaba a la concurrencia con las canciones de su vasto repertorio, los asistentes pidieron a coro refiriera el Capit?n cierta aventura suya muy interesante, no conocida de muchos de los all? presentes. El Capit?n accede. Juanito Ponce, a quien hab?an hecho mucho efecto las libaciones, dej?ndose llevar de su car?cter guas?n, hace s?tira del relato del militar, dando lugar a un di?logo de pullas y chifletas entre los amigos.
En lo m?s acalorado de la discusi?n, manifiesta el Capit?n, picado en su amor propio, que su valor nadie lo puede poner en duda y que se siente capaz de arrastrar la m?s temeraria de las empresas. El empleado p?blico, queriendo llevar la broma hasta el ?ltimo grado, le propone hagan la apuesta, consistente en que cualquiera de los dos que muriese primero har?a un baile en el pante?n en donde estuviese sepultado, en honor del vivo viniendo personalmente por ?l para llevarlo. Estaba en efervescencia la cuesti?n, eminente era el peligro de estallar, por cuya causa los comensales para poner fin a tan in?til discusi?n y con el ansia de saber el desenlace del interesante relato del Capit?n, manifiestan que en lugar de apuesta se haga un solemne juramento de llevar a efecto la proposici?n de Ponce y se deje terminar el asunto en Paz de Dios. En tanto, Amparito de la Felicidad hab?a descolgado un Santo Cristo y encendido un cirio para el juramento.
El soldado, rodilla en tierra y con la diestra extendida ante el Crucifijo jura por Dios, que har? si muere antes de su amigo, Juan, un baile en su honor en donde ?l est? sepultado, viniendo por ?l para llevarlo a la fiesta. Todos at?nitos contemplan el cuadro. La luz con destellos rojizos, realzaba la majestad del Cristo. Juan Ponce imita a su amigo y rodilla en tierra hace igual el juramento. Honda impresi?n caus? a todos los contertulios aquel caso nacido de una broma y quit?les el deseo de seguir adelante la fiesta, por lo cual la orquesta no volvi? a tocar. Desagrado y temor reflejaban los rostros de los espectadores. Uno a uno sin decir palabra, fueron despejando el lugar, a poco la fonda qued? desierta. Tan s?lo Amparito, de punta ante una silla colocaba el Crucifijo en su sitio.
Hac?a tres meses que el Capit?n se encontraba en campa?a, una tarde un soldado disperso llev? a la fonda la noticia de la derrota del regimiento y dio pormenores a la bella Amparito, de la tr?gica muerte del Capit?n. Al saber la triste nueva, la muchacha no pudiendo disimular la pena que le caus?, derram? cuantioso llanto en presencia del soldado y estuvo largo tiempo sumida en la reflexi?n vistiendo de riguroso luto. La familia de Pav?n, que hacia pocos d?as hab?a llegado a radicar a Zacatecas, tom? empe?o en traer los restos del infortunado Capit?n y una vez ellos en la ciudad, le dio cristiana sepultura en el pante?n del Refugio, habi?ndole rendido sus compa?eros de armas los honores de ordenanza. Muy lejos estaba Juanito Ponce de imaginarse el triste fin de su amigo, porque a la semana escasa de haber salido a campa?a, lo hab?a comisionado el Gobierno del Estado, para desempe?ar una inspecci?n minuciosa en la Oficina de Rentas de Juchipila.
Semanas despu?s de los acontecimientos, era el d?a de su santo, y sus amigos, sabiendo que hab?a llegado, fueron a su casa habitaci?n a despertarlo con una buena orquesta. La recepci?n, por parte de ?ste, es muy cordial, sucedi?ndose las felicitaciones entre los abrazos y apretones de manos, y despu?s de haber dado rienda suelta a la alegr?a, bebido y cantado mucho, los amigos se retiraron de la casa, no sin recibir de parte del agasajado, formal invitaci?n para fiesta nocturna. A las 11 de la ma?ana Ponce hace su aparici?n en la fonda, coincidiendo su entrada con la del pintor que llevaba el retrato del Capit?n, quien como se recordar?, le hab?a dejado ?rdenes de entregarlo, tan luego como lo terminara, a la due?a de la fonda. Esta lo recibe con marcadas muestras de emoci?n que no pasan desapercibidas por Juan, que inquiere la causa de aquello.
La moza, pudiendo apenas dar cr?dito a que no supiese nada del suceso que durante muchos d?as hab?a conmovido a la ciudad, se ve obligada a contar la tragedia del infortunado Capit?n Pav?n y como viera que el rostro de su amigo expresara una sonrisa de incredulidad, le recuerda el juramento a que est? obligado. Ponce, haciendo gala de valor ante la joven, llena una copa de vino y avanza hacia el retrato. Ante ?l, hace un discurso asegurando que le sobrara ?nimo para cumplir el juramento, y por lo tanto esper?balo para llevarlo a efecto, si era que el Cristo ante quien lo hab?a hecho la toma de verdad en serio. Por ?ltimo termina su oraci?n invit?ndolo a su casa a la fiesta preparada para la noche. A las diez de la noche la casa de Juan Ponce rebosaba de invitados, encontr?ndose el baile en privanza. A las doce, todo mundo al comedor. Poco antes de terminar la cena, llaman a la puerta y una criada ocurre a abrir.
Vuelve luego al comedor y dice: – Se?or Juan, un militar desea hablar con Usted. – ?No le ha dicho su nombre? – contesta el interpelado – No, no se?or – ?Es viejo o joven? – No lo s? se?or porque no le he visto la cara, est? embozado en su capa y solo pude distinguirle su kep? bordado de oro y las botas de charol muy relucientes. – Diga usted, manifiesta Ponce visiblemente sobresaltado hoy no puedo recibirle porque tengo visitas, que vuelva ma?ana. Sali? la criada con el recado, regresando a poco, decir que el militar insist?a en hablarle y que si no le era posible salir le permitiera pasar, pues su asunto era muy urgente. Un fr?o mortal invade a Ponce quien recuerda al punto el juramento que hac?a tres meses y la escena de la ma?ana en la fonda, y temblando de presentimiento m?ndale pasar.
En esto entra el militar embozado en un capa negra y sin decir palabra si?ntase en una silla. Mil preguntas le hacen sin lograr contestaci?n pues el permanece mudo sin descubrirse el rostro. La mayor parte de los convidados que hab?an sido testigos del juramento hecho en la fonda de la Luz de Aurora, no apartaban los ojos de los dos sujetos y lanzaban miradas elocuentes a Ponce, como pregunt?ndole si a ?l le infund?a pavor el acontecimiento. Este casi no respiraba. Cuando hubo terminado la cena el militar habl? as?: -”Amigo Juan Ponce un juramento hecho hace seis meses ante la imagen de un Cristo crucificado y del cual son testigos todos los aqu? presentes, me ha hecho levantarme de mi tumba para dar testimonio de que con el nombre de Dios tres veces Santo no se puede jugar impunemente, y ahora por caridad te pido en nombre de la amistad ?ntima que en vida nos tuvimos, me acompa?es a cumplirlo, para que mi alma pueda descansar en el Se?or”.
Los presentes estaban inm?viles como petrificados en los asientos, Ponce, sacando fuerzas de flaqueza, toma su sombrero y acompa?a al militar. Algunos de los m?s animosos entre los contertulios corrieron al balc?n, alcanzando a ver como desaparec?an las siluetas de los dos amigos al fondo de la calle de los Gallos, que en ese momento la luz de la luna plateaba. Ni una palabra pronunciaron en el camino. Al llegar a la Plazuela de Zamora deti?nese Ponce en la calle que hace esquina con la calle de Manjares, donde exist?a por aquel entonces una tienda de abarrotes denominada “El Pabell?n Mexicano” en la actualidad se llama solamente “El Pabell?n”. En la planta alta del edificio viv?a un virtuoso sacerdote ya entrado en a?os, amigo consultor de la familia Ponce y con quien Juanito se confesaba cada a?o por la cuaresma.
El farol dejaba ver el rostro l?vido y desencajado de Ponce y la l?gubre figura del Capit?n Augusto Pav?n. Juanito rompe el silencio pidiendo permiso de subir a la casa para dar un recado urgente. Este asiente con un leve movimiento en la cabeza. En un abrir y cerrar de ojos tenemos a Ponce frente al sacerdote, poni?ndole al tanto de lo que acontece. Sorprende mucho al sacerdote el relato de la extra?a aventura y de momento no acierta a aconsejarle nada, m?s una vez pasada la primera impresi?n y como hombre ducho en reflexiones, piensa entonces las cosas y teniendo en cuenta las circunstancias que mediaron el juramento, no duda que Dios permita levantarse a un muerto de su tumba para evidenciar la trascendencia de un acto en el cual como testigo Su Divina Majestad deba intervenir.
Juanito Ponce encomend?ndose en su interior a toda la Corte Celestial estaba pendiente de los labios del padre, esperando o?rle pronunciar palabras que lo eximieran del terrible compromiso. Afuera, en la calle, se o?a el acompasado andar del militar haciendo sonar sus espuelas en el empedrado. Despu?s de pasar el virtuoso Ministro del Se?or un largo rato pensando, manifiesta de s?bito a Juan, ser absolutamente necesario acompa?e al soldado a cumplir su juramento, pues a juzgar con lo acontecido, no era de dudarse que se tratara de un alma sujeta por Dios a aquella prueba, para poner de manifiesto la magnitud del juramento. Ponce, confortado por el Padre, se resuelve a afrontar la situaci?n y arrodillado y contra?do hace confesi?n general de sus culpas y recibe la absoluci?n m?s muerto que vivo y juntamente con ella un crucifijo y reliquias que el sacerdote le entrega, para auxilio en aquel duro trance.
En tanto, el Capit?n hab?a llamado a la puerta, Ponce siente el fr?o de la muerte correrle por todo el cuerpo. Sale sin decir palabra, atraviesan las calles los dos, la de Manj?rrez y del Refugio y al llegar donde hoy se levanta la planta de luz el?ctrica y anta?o fuera lomer?o, ve Juan una gran claridad coronado los cerros, donde part?a en direcci?n a ellos un haz de la luz refulgente que les alumbraba el camino, y al fijar en ?l los ojos se encandilaba, no pudiendo distinguir en ?l lo que hab?a detr?s de la iluminaci?n. Cuando estuvieron cerca de ella, una pesada puerta se oye rechinar sobre sus goznes y al abrirse escuchase las notas l?gubres de m?sica, s?lo hasta entonces pudo darse cuenta Ponce de que se encontraba a las puertas del Pante?n del Refugio, convertido a esas horas en sala de baile. Algo horripilante debi? ofrecerse a su vista y su terror lleg? al colmo cuando el militar que hasta esa hora hab?a permanecido embozado, se descubri? y tom?ndolo del brazo le instaba a pasar, Juan no fue due?o de sus actos y sintiendo ven?rsele el mundo encima cay? al suelo desmayado.
El sacerdote, que a larga distancia segu?a a la pareja, solamente vio la claridad que coronaba a los cerros y el haz de luz que de ella part?a, alumbrando el camino de los protagonistas, y cuando ?sta de pronto se extingui?, corri? a saber el fin de su protegido, el cual yac?a en la tierra a las puertas del Pante?n del Refugio. Cost?le un poco de trabajo al padre hacerle recobrar sus facultades y con bastante dificultad le llev? a casa. Despu?s de lo acontecido, todo qued? en paz y en profunda calma, solamente la luna, desde su azul mansi?n, estaba at?nita tras de contemplar un raro acontecimiento. Al d?a siguiente la versi?n fue del dominio p?blico en la ciudad y aseguraban los serenos de aquellos arrabales haber visto muy entrada ya la noche, por espacio de dos horas, una intensa luz en aquel rumbo, como si el Pante?n del Refugio estuviese iluminado.
Durante largo tiempo Juan Ponce fue popular en Zacatecas y en todas partes asaltaba lo la gente ?vida de conocer su aventura, y al refer?rsela ?l con todos sus pormenores, terminaba siempre en las solemnes palabras que le dijera la noche de la fiesta su amigo el Capit?n Pav?n, al venirlo a visitar de ultratumba. No se puede jugar con el Santo Nombre de Dios impunemente
Callej?n del mono prieto
La raz?n por lo que Do?a Marciana Castillo, tuviera fama de bruja, se deb?a a la vida tan misteriosa que llevaba. La casa en que habitaba, estaba aislada de las dem?s que formaban la antigua Calle de la Merced, hoy de la Ciudad, no ten?a ventanas y sobre la azotea, ostentaba un fe?simo torre?n con angostas mirillas y los “pretiles” estaban defendidos con pedazos de vidrio. Era fama de que en las altas horas de la noche, el torre?n se iluminaba y un humo espeso nauseabundo sal?a por la tobera que sobre ?l hab?a. Por toda compa??a ten?a la “hechicera”, un horrible mico, que era el terror de los chiquillos del barrio, que se cre?a que era el diablo en persona. Se presum?a que Do?a Marciana, ten?a mucho dinero porque siempre que se abastec?a de combustibles, en el tendaj?n del barrio, cambiaba monedas de oro. Sus trajes eran de seda, de varios colores, sus chales de “burato”, con largos flecos, los dedos cubiertos de anillos y en el pecho muchas sartas de corales.
M?s a pesar de su indumentaria, su aspecto era repulsivo, por tener el rostro cubierto de cicatrices, los ojos ribeteados de rojo y el cuerpo contrahecho. Nunca hablaba con nadie, ni iba a la iglesia, ni daba limosna, su puerta y su coraz?n estaban cerrados al bien. Una vez llam? a su puerta una infeliz mujer a quien su marido, un borracho perdido, hab?a golpeado y arrojado del humilde cuarto en que viv?an, llevando un ni?o en los brazos y ped?a por caridad, un pedazo de pan y que se le permitiera pasar la noche detr?s de la puerta, por temor de que su marido la encontrase, Ella no sab?a la fama de aquella mujer y si llego all? fue porque vio luz en la torre, la “bruja” no quiso socorrerla y debi? asustarla el mico, porque la encontraron muerta, con el terror pintado en su rostro cubierto de ara?azos, el ni?o hab?a desaparecido. Los vecinos furiosos pretendieron asaltar la casa y hacer un acercamiento pero se los impidi? el Comisario del barrio y como nada le pudieron probar a do?a Marciana, no se hizo justicia con la “bruja”.
Pero el odio de la gente estaba encendido y no pod?a salir de su casa porque la esperaba un diluvio de pedradas, su puerta estaba bloqueada de basura y desperdicio y en vano ped?a auxilio a las autoridades porque nadie acud?a. Por fin, una noche se oy? una detonaci?n y los aterrados vecinos pudieron ver salir llamas azules y rojas del torre?n de marras, nadie fue a auxiliarla porque creyeron c?ndidamente que a la “bruja” se le hab?a llevado el diablo. Al d?a siguiente se presentaron las autoridades y penetraron al antro; arriba en el torre?n de marras, encontraron el cad?ver de Do?a Marciana desfigurado por la explosi?n, sobre de ella, estaba el mico haciendo horribles visajes dando agudos chillidos, tuvieron que lazarlo para poder acercarse a la puerta, s?lo que los lazadores apretaron tanto que lo ahorcaron. No se supo que motiv? la explosi?n, ni lo que hacia Do?a Marciana en su laboratorio.
La casa fue demolida buscando tesoros que no se encontraron, el vulgo llam? al callej?n donde estaba ubicada la casa “El Callej?n del Mono Prieto”
Confesi?n de Ultratumba
Por las noches, la ciudad duerme custodiada por la luna, y nada turba su transparente calma, es mucho m?s bello a?n la quietud de las calles y de su plaza principal.
En cierta ocasi?n y entrada la madrugada, llamaron fuertemente con el aldab?n de hierro, la puerta de la notaria de templo de santo domingo. Al padre Mart?n Esqueda no le extra?o que lo fueran a despertar a tales horas, dado que con frecuencia as? acontec?a, es decir que estaba acostumbrado a ir a administrar los sacramento a enfermos graves. Como siguieron tocando y cada vez con mayor fuerza, se levant?, se visti?, y asom? a la ventana preguntando:
- ?Qui?n llama? (Una mujer de clase humilde, vestida de negro y cubierta la cabeza con un rebozo contesto)
- Yo padrecito, que vengo a rogarle me haga la caridad de acompa?arme, para auxiliar a un enfermo muy grave que tengo en casa.
Como respuesta el sacerdote sali? en seguida con su petaca de mano detras de la mujer que le serv?a de gu?a. Atravesaron obscuras y apartadas callejas que desembocan en la antigua plaza de toros y al llegar a ?sta, la mujer se detuvo y abri? de una m?sera habitaci?n, a la que pas? el sacerdote. El cuarto estaba desmantelado, a la d?bil luz de una vela de sebo que estaba a la tabla de un viejo y desvencijado caj?n de madera, distingui? el sacerdote al enfermo, el cual yac?a sobre un sucio petate en el suelo, junto a la pared en el rinc?n de la estancia. Cercando al paciente estaba colocado un rustico y tosco banco de madera de tres patas y esto constitu?a todo el mobiliario de la habitaci?n.
El padre se sent? en el banco y se qued? mirando al enfermo, el cual era un hombre entre los 50 y los 60 a?os, alto, con el cuerpo enflaquecido, rostro enjuto, demacrado y de amarillento color cadav?rico, ojos verdes sin expresi?n que fijaba con insistencia en las vigas del techo, su anhelante y fatigosa respiraci?n que anunciaba el estertor de la agon?a, se interrump?a a intervalos por una tos seca y cascada, un sudor fr?o le humedec?a la frente y febril temblor le sacud?a su cuerpo. El padre le tom? una mano y la encontr? yerta, con el fr?o de la muerte, por el cual comprendi? la gravedad del enfermo y sin m?s tiempo que perder le dijo:
- Hijo m?o… ?Te sientes muy mal?
- Si padrecito (Contest? el enfermo con desfallecida voz) Y quiero confesarme.
Al o?r esto, la mujer que hab?a estado contemplando la escena, sali? a la calle. El sacerdote abri? su petaca y saco la estola, se la coloc? sobre los hombros y volvi? a decir al enfermo:
- Bien hijo m?o, dime tus pecados.
El enfermo, no obstante su gravedad, ten?a completa lucidez e hizo una larga confesi?n de sus culpas, la que termin? entre sollozos, signo inequ?voco de su gran contrici?n. El se?or cura el terminar ?ste el relato de sus pecados, le confort? con sus consejos y le dio la absoluci?n. Luego, volvi? a abrir la petaca, sac? lo necesario y le administr? la extremaunci?n. Al cabo de ponerle los santos oleos, se quit? el padre la estola y la coloc? sobre una estaca de madera que estaba clavada en la pared, cerr? su petaca, se despidi? tiernamente del enfermo y de su mujer y se fue a su casa.
Al d?a siguiente, como no encontraba la estola en su petaca, record? que hab?a dejado olvidada en la casa del enfermo y pregunt? al sacrist?n:
- Dime, ?No han tra?do la estola de la casa del enfermo que fui a confesar anoche?
- No padre, no han tra?do nada.
Al punto mando a un monaguillo por ella y tras largo rato regreso, comunic?ndole que hab?a tocado largo rato la puerta de la casa y que nadie le abri?; impaciente el padre mand? al sacrist?n, el cual tard? en volver el doble de tiempo que el monaguillo, y cuando este regreso le comunico los mismo que aquel, que toc? la puerta hasta con una piedra y que nadie le abri?, y que tenia la impresi?n de que la casa estaba deshabitada. El padre perdi? la paciencia y fue ?l personalmente a la casa, con igual resultado que los dos anteriores, pues no le abri? nadie pero adem?s se dio cuenta de el abandono de la casa.
Intrigado busco al due?o del edificio, quien al escuchar el relato del padre, le respondi?:
- Padrecito, es muy raro lo que usted me dice, ?no ser?a un sue?o? hace mas de dos a?os que tengo estos cuartos desocupados y han permanecido cerrados. ?Cr?ame que me da miedo padrecito! Pero pronto saldremos de dudas, usted dice que la estola la dej? colgada en una estaca y ahora vamos a desenga?arnos.
Al meter el due?o la tosca, antigua y pesada llave de hierro en la chapa; el padre vio que era la misma con que la mujer hab?a abierto la puerta la noche anterior. El pasador al girar dio un rechinido, lo cual hacia notar que hac?a largo tiempo que no se habr?a. Cuando la puerta se abri?, percibieron un fuerte olor a humedad; el padre encendi? un cerillo y ambos vieron enormes telara?as colgando del techo y numerosas ratas corriendo asustadas. El piso estaba enlosado y cubierto por una gruesa capa de polvo; sin embargo la estola estaba colgada en la estaca, tal como el padre hab?a asegurado.
Este suceso caus? tremenda sensaci?n. Se dice que el padre Ezqueda adquiri? un fuerte padecimiento hep?tico, ocasionado por un derrame de bilis, a resultado del cual muri? despu?s de haber confesado al enfermo
La calle de los perros
El estrafalario nombre de “Caj?n de Riales” conque el vulgo motejaba a Do?a Nicolasa Rojas, se deb?a a que cuando alg?n indiscreto alud?a a las muchas riquezas que se presum?a estaba reuniendo, ella contestaba con voz quejumbrosa: “Apenas un cajoncito de riales para mantener a mis animalitos” por que su casa conten?a multitud de perros de todos tama?os, razas y colores. Su oficio era de prestamista y los infelices que ca?an en sus garras debajan sus objetos m?s indispensables a cambio de unas cuantas monedas que no siempre los sacaban del apuro. Si cumplido el plazo que ella fijaba no se rescataba la prenda, se mostraba insensible y sacaba a subasta los objetos empe?ados y as? era como por medio de tan inmoral comercio, unos pobres eran despojados y otros obten?an por precios irrisorios ?tiles para su persona y su hogar. Su casa estaba situada detr?s de la calle de la estaci?n de ferrocarril y era la mejor y la m?s grande de aquel barrio; la ancha puerta ten?a un postigo por donde hac?a sus operaciones financieras a fin de que nadie penetrara en su antro, cosa que nadie deseaba por temor a los perros. Un mozo del rastro le llevaba la abundante raci?n de carne para sus animales. Todo el mundo la aborrec?a, lo mismo que a su canina familia, por el alboroto que se armaba todas las noches, especialmente cuando hab?a luna; los vecinos no pod?an dormir y un coro de maldiciones se alzaban en su honor.
Se rumoraba que traficaba con alhajas robadas, pero nadie se atrev?a a denunciarla. En una ocasi?n llegaron unos titiriteros a esta ciudad y pusieron su carpa en la plazoleta de las carretas, eran tres hombres y dos mujeres con aspectos de gitanos; uno negro parec?a el jefe. Una semana dur? la carpa dando exhibiciones diarias, y cosa rara, “Do?a Caj?n” que nunca iba a ninguna parte, asist?a todas las noches a las funciones. A la salida el negro la acompa?aba hasta su casa.
La ?ltima noche de funci?n; la vieron los vecinos cenar con los artistas en una fonducha instalada cerca de la carpa. Al d?a siguiente amaneci? robado el santuario de nuestra Se?ora del Patrocinio el que se encuentra en el cerro de la “Bufa” Una gran indignaci?n causo en toda la ciudad tan sacr?lego atentado; las autoridades tomaron cartas en el asunto pero nada lograron remediar; se presum?a que los malhechores eran gentes de fuera, ya que ning?n mexicano se hubiera atrevido a despojar a su reina de los objetos que ellos mismos le regalaban anualmente.
Pocos d?as despu?s hubo cambio de personal en el rastro y el nuevo mozo no sab?a de la obligaci?n de llevar la carne a la casa de “Do?a Caj?n” Por la noche los aullidos de los perros se hac?an insoportables, hasta que los vecinos alarmados por aquella espantosa jaur?a se vieron obligados a quejarse a las autoridades, que inmediatamente tomaron parte en el asunto, ya que ni de d?a de noche cesaban los dolorosos alaridos.
El espect?culo que presenciaron los curiosos que fueron acompa?ando a las autoridades fue horrible, en un inmundo cuarto yac?a “Do?a Caj?n” cual una Jezabel devorada por los perros. En un armario fuertemente defendido, hab?a multitud de joyas y entre ellas las robadas a la virgen de Patrocinio, igualmente que sus vestiduras. Todo mundo atribuy? justo castigo del cielo la muerte horrible de la prestamista.
Desde entonces la calle se denomina “Calle de los perros”
La calle de Manjarrez
La casa que ocupada Don Abraham Manjarrez, el prestamista, era un verdadero antro. Desde su ruinosa fachada, sus ventanas enrejadas que nunca se abr?an, la ancha puerta del zagu?n claveteada con gruesos clavos y resguardada por una gruesa cadena. Todo esto alumbrado por un sucio farol, le daba el triste aspecto de una prisi?n en donde el viejo usurero guardaba celosamente los tesoros que acumulaba, y a su nieta, la bell?sima Raquel a quien nadie conoc?a.
Muchos a?os hac?a que Don Abraham hab?a venido a esta ciudad con el cargo de tasador. Compr? la vieja casona y se trajo a vivir con ?l a su ?nica hija muy enferma, con una ni?a peque?ita y una sirvienta, era de origen jud?o, aunque se rumoraba que las mujeres eran cristianas.
Toda clase de negocios sucios era la ocupaci?n de Don Abraham, prestar con gran usura sobre hipotecas, denunciar bienes eclesi?sticos que luego iban a para en sus manos, regentear casas de juego y cantinas. Era odiado por todo el mundo, los chicos lo apedreaban y la puerta as? como la fachada estaba llena de dibujos gigantescos y letreros insultantes; su fanatismo religioso lo hac?a correr de los cerdos, las pobres gentes que lo sab?an, amarraban uno de estos animales cuando no ten?an para pagarles la renta y era d?a de cobro; con la seguridad de que no se acercar?a el jud?o por horror al animal inmundo. En las piezas que habitaba reinaba el abandono y la pobreza; solo en el segundo patio de la casa cambiaba la decoraci?n como por arte de magia, en medio de un corredor encristalado hab?a un hermoso jard?n cubierto de flores; una fuente, una gran pajarera, un palomar y dos hermosos pavos reales completaban la prisi?n dorada de Raquel, la nieta del viejo avaro.
Las piezas lujosamente amuebladas en que habitaba la se?orita. No ten?a ventanas a la calle sino que recib?a la luz por el techo por medio de traga luces de colores, sin embargo Raquel era feliz acostumbrada al encierro. Nada ambiciosa ya que sab?a que el d?a en que muriese su abuelo, ella heredar?a toda sus propiedades y ser?a libre y rica; pero lo quer?a demasiado como para desear su muerte.
Una noche llamaron a la puerta y el viejo jud?o fue a investigar por el postigo; como acostumbraba antes de abrir a sus numerosos visitantes, el que llamaba era un caballero cubierto con una capa cuyo embozo le cubr?a la mitad del rostro, al ser interrogado dijo que llevaba un asunto de mucha urgencia por lo que fue introducido a la pieza en donde el jud?o trataba sus asuntos; al descubrirse el caballero se vio que era un joven apuesto y arrogante, que sin estrechar la mano que le tend?a el usurero, sac? de su bolsillo con incrustaciones de marfil que le tendi? a Don Abraham, dici?ndole que por tener un compromiso de honor iba a empe?arle muy a pesar suyo la ?nica alhaja que le quedaba de su madre hac?a pocos a?os. Al abrir el estuche, el jud?o no pudo reprimir una exclamaci?n de asombro al ver en el fondo de terciopelo negro un collar de perlas de incomparable belleza; y en su imaginaci?n vio a Raquel luciendo en su garganta el maravilloso collar. Como una casualidad se abri? la puerta que comunicaba a la alcoba del viejo y apareci? Raquel, que crey?ndole solo le iba a dar las buenas noches. La emoci?n del joven no es para ser descrita, al ver aquella aparici?n celeste en aquel antro infernal.
La ni?a por su parte vio en aquel caballero, al pr?ncipe azul con quien so?aba; el abuelo al ver la turbaci?n de su nieta, le orden? imperiosamente que se retirara; la ni?a quiso obedecerlo, pero la pesada puerta no ced?a a sus d?biles esfuerzos, el joven galantemente le ayudo; Raquel, tr?mula y ruborizada le dio las gracias y desapareci? en las sombras del pasillo. La confusi?n del joven fue tanta que acepto sin saber lo que hacia, las condiciones que le impuso el jud?o a cambio de la preciosa joya y sali? con un pu?ado de dinero que mal le sacar?a de apuros, ya que su situaci?n era muy dif?cil. El joven se llamaba ?lvaro de buen rostro y era de una ilustre familia.
Por vez primera Raquel reflexion? en el infame proceder de su abuelo cuando este le mostr? el collar dici?ndole que pod?a contarlo como suyo, ya que el due?o no podr?a salvarlo nunca; que las hipotecas de sus bienes estaban en su poder y que tendr?a buen cuidado de acabarlo de arruinar.
Despu?s de una noche de horrible insomnio, Raquel decidi? devolver el precioso collar a su due?o. Rog? a Sara su fiel sirviente, que le ayudara a sustraer las llaves del viejo sin que se diera cuenta; Sara tenia una droga con la que dorm?a a la madre de Raquel cuando presa de dolores insufribles, no pod?a descansar; le dio una dosis de vino al viejo en el vino que tomaba en la comida, y le hizo un efecto tan r?pido que se durmi? sentado en un sill?n, le quitaron las llaves, abrieron el cofre de las joyas, sacaron un precioso estuche, buscaron los documento de las hipotecas de don ?lvaro y una gruesa suma de dinero. Haciendo un paquete lo llev? Sara a la casa del se?or Buen rostro con una esquela que dec?a (Ha mi adorado hijo Alvarado, su madre desde el cielo). La alegr?a de Raquel se tronco en angustia al ir a ver a su abuelo y encontrarlo muerto con el rostro horriblemente desfigurado; cayo desmayada a sus pies, ah? la encontr? Sara que al ver el desastroso efecto de la droga, huyo por temor a la justicia, dejando a la pobre ni?a abandonada a su suerte.
Cuando las autoridades llegaron, Raquel estaba loca y nada pudo declarar, fue llevada a una casa de salud de Guadalajara. Los vienes del jud?o fueron rematados por falta de herederos; Don ?lvaro, comprendiendo el inmenso sacrificio de la joven, trato in?tilmente de verla, no se lo permitieron porque en su locura era furiosa. La casa fue demolida e hicieron una vecindad en el lugar que ocup?.
La calle llamada de Manjarrez, tiene actualmente el nombre de Av. Insurgentes
La calle de tres cruces
La casa de Don Diego de Gallinar, alzaba orgullosa sus tres pisos, junto a las humildes casitas de uno solo, que empezaban a formar la calle que prolongaba la de San Francisco y la cual desembocaba en la plaza principal. Don Diego era t?o y tutor de la bell?sima Beatriz Moncada, quien acababa de salir del colegio donde se educaba y ten?a que vivir bajo la severa custodia de su t?o. Se rumoraba que el se?or de Gallinar tenia planeado casar a su sobrina con Don Antonio, su ?nico hijo, que por esas fechas andaba en servicio con el se?or Marqu?z de la Laguna, combatiendo a los piratas, que rondaban y acechaban el puerto de Veracruz y que era un joven calavera que derrochaba el dinero a manos llenas, se dec?a que una de las razones para llevar a cabo ese enlace era que una vez casada Beatriz con el se?or Antonio, el se?or Gallinar no tendr?a que dar cuenta a nadie del patrimonio de la rica heredera, a quien ten?a m?s como presa en su lujosa casona.
Desde hac?a algunas noches, que al dar las doce campanadas, se es cuchaban las notas dulces de un viol?n tocado por un joven desconocido, que apoyado en el poste de un farol que alumbraba d?bilmente la desierta calle, arrancaba a su instrumento melodiosos himnos de amor. El m?sico era un joven ind?gena, recogido y educado por los religiosos del convento de San Agust?n, que le hab?an ense?ado las artes y ciencias que ellos sab?an.
Su nombre era Gabriel Garc?a, y Beatriz lo conoci? en un concierto de la casa del Conde de San Mateo; pues debido a las buenas referencias que le daban los religiosos a Gabriel, era ?ste admitido en todas las reuniones de la aristocracia de aquel entonces. Beatriz lo oy? tocar y su alma vibr? el comp?s de la maravillosa m?sica del artista, y una elocuente mirada sirvi? para le entregara el coraz?n. El m?sico que estaba subyugado, por la hermosura peregrina de aquella ni?a rubia, comprendi? el mudo lenguaje de sus miradas y la ador? con todas las fuerzas de su alma india; aunque sab?a que era un amor sin esperanza.
Desde entonces, todas las noches al filo de la media noche, iba Gabriel frente a la casa de su adorada a desahogar su coraz?n por medio de su m?sica dulc?simo. Beatriz burlando la vigilancia de su due?o sub?a al mirador encristalado para escuchar a su amado. Mas una noche, la fatalidad del destino tendi? sus redes; Don Diego se retiraba m?s tarde que de costumbre, y se encontr? con el concierto frente a su casa; a la luz del farol reconoci? inequ?vocamente a Gabriel.
Ciego de ira, le ordeno que se retirase antes de que lo apalearan sus sirvientes; Gabriel contest? que se retiraba por que ten?a que hacerlo, y no por miedo a los palos, pues no era ning?n perro y sab?a defenderse con la espada en la mano como un caballero; pero viendo el adem?n de sacar la espada de Don Diego, le dijo que con ?l no se batir?a por que lo respetaba demasiado. El se?or de Gallinar, loco de rabia, le lanzo los peores insultos llam?ndolo indio mal nacido, aventurero y cobarde seguidos de una bofetada. Gabriel no aguant? m?s y arrojando su viol?n en medio de la calle desenvain? su espada y se puso en guardia con el prop?sito de defenderse sin agredir a su agresor.
La lucha fue re?ida por parte de Don Diego que quer?a toda costa acabar con su adversario, ya que Gabriel solo se limitaba a parar los golpes, cosa que irritaba m?s y m?s al viejo. Viendo que la lucha se prolongaba sin conseguir su prop?sito, el se?or de Gallinar, quiso dar la estocada final y se tir? a fondo, clav?ndose en la espada de Gabriel que solo quiso desviar la mortal estocada, Don Diego se desplomo lanzando una horrible blasfemia; y dejando ver as? que se le escapaba la vida.
Gabriel horrorizado se arrodillo a socorrer al moribundo; cuando se abri? el port?n de la casona y sali? un criado del se?or de Gallinar que hab?a presenciado la lucha, al ver a su se?or herido de muerte y a su agresor inclinado ante ?l, sacando un pu?al del cinto se lo clav? a Gabriel en la espalda y corri? a esconderse dentro de la casa.
Entonces se oy? un alarido de agon?a, seguido del estr?pito de cristales rotos: Era que Beatriz, mudo testigo de estas horribles estas escenas, se hab?a desmayado y su cuerpo, falto de apoyo, romp?a los cristales del mirador, para caer y estrellarse en las piedras de la calle, junto con el viol?n del amado.
Cuando la ronda lleg? al lugar de la tragedia, encontr? a la d?bil luz del farol a los tres cad?veres, una mano piadosa, marc? con tres cruces de cal los lugares donde fueron encontrados los tres cuerpos.
Desde esa fecha 2 de Noviembre de 1763 se llam?: LA CALLE DE TRES CRUCES La cual actualmente se localiza exactamente en donde termina la avenida Hidalgo y comienza la calle Juan de Tolosa, un poco m?s haya del palacio de gobierno del estado y con direcci?n a las lomas de Bracho.
La Filarmonica
Aquella hermosa ma?ana de 1600, todo era entusiasmo y alegr?a en la quinta llamada: Villa de Rosas, pues era esperada con ansia la llegada de sus nuevos moradores el bizarro capit?n Don Jorge Temi?o de Ba?uelos y su bell?sima esposa Perla Santini; hija de y un m?sico italiano que acababa de morir en Veracruz. La ?nica condici?n que hab?a puesto la gentil desposada para dejar aquellas hermosas tierras y venirse a vivir a ?sta barranca, fue que viviera alejada de toda sociedad por raz?n de su luto. Y el enamorado esposo le mand? construir la Villa a orillas de nuestra ciudad.
Fue construida en medio de un jard?n cubierto de rosas, de ah? el nombre de la villa; ten?a una fuente de cantera rosa labrada y cuyos surtidores parec?a que murmuraban y en su entorno cientos de palomas. Los salones majestuosamente amueblados al estilo de aquella ?poca y en el sal?n principal un fino piano, por que la joven se?ora amaba la con pasi?n la m?sica. La mansi?n era un estuche digno de tan hermosa “perla”.
Tarde a tarde se escuchaba por la villa la voz cristalina de Perla acompa?ada del piano que cantaba bellas canciones de su pa?s; la dicha de los enamorados era tal, que se cre?an estar en el para?so. Mas esta dicha fue de poca duraci?n; el capit?n fue llamado a combatir a los caxcanes, los cuales se hab?an amotinado y tuvo que partir con el coraz?n destrozado y dejando a Perla sumida en la mayor desesperaci?n y tristeza.
Las risas no volvieron a escucharse ni las canciones; una inquietante y muda tristeza se apoder? de Perla y solo el piano era su ?nica distracci?n, pero sus melod?as eran tan tristes como su alma. En vano sus amigos trataron de distraerla pero ella cerr? la puerta a todos, s?lo los nativos que formaban la servidumbre le serv?an de compa?eros. Se pasaba los d?as sentada en el ventanal, esperando la llegada de su amado; en sus largas noches de insomnio tocaba el piano hasta el amanecer. La gente o los pocos caminantes que pasaban por all? la creyeron loca y empezaron a llamarle “La Filarm?nica”.
Una noche que tocaba como nunca, se interrumpi? la melod?a sin volver a comenzar; el vigilante se extra?o de esto, porque estaba acostumbrado a o?rla tocar toda la noche. Al d?a siguiente la camarera la encontr? muerta sobre el piano, como una flor marchita.
D?as despu?s llego la noticia de que el capit?n hab?a muerto en un ataque de los indios. La fecha y la hora coincid?an con las de la muerte de su amada esposa. Los parientes del capit?n heredaron todos lo bienes, pero nadie quiso ocupar la finca quedando totalmente abandonada.
A lo largo de los a?os, gente que pasaba por ese lugar y despu?s de la media noche aseguran que se ilumina el ventanal y se escucha una m?sica maravillosa, y al despuntar el alba se apaga la luz, y un trist?simo lamento se escucha hasta muy lejos.
El nombre de Villa de Rosas, qued? olvidado, ahora la siguen llamando “La Filarm?nica”.
La piedra negra
Se origin? por la ambici?n de dos amigos que decidieron ir en busca de una mina que les diera riqueza. Por los a?os ochentas del siglo XIX viv?an en Zacatecas, Misael Gal?n quien era empleado de una tienda de art?culos minero, propiedad del se?or Juan A. Petit en el callej?n de Rosales. El contacto con estos art?culos hac?a so?ar al joven Misael con encontrar una mina alg?n d?a. Su amigo Gildardo Higinio lo alentaba pues ?l ten?a los mismos sue?os, despu?s de insistirle lo convenci? de que invirtiera sus ahorros en estos art?culos para iniciar la b?squeda. Iniciaron la caminata por la cordillera que separa a Vetagrande de la capital zacatecana, pues ah? eran innumerables las vetas. despu?s de 5 d?as de caminar y buscar incesantemente, descubren una cueva de extra?o aspecto, como movidos por un impulso se acercaron y a poco andar se present? a sus ojos algo fant?stico ?Una gran roca refulgente!
Ante tal espect?culo los j?venes lanzaron gritos de alegr?a y se dedicaron a escarbar alrededor de la piedra. ?Esto es oro, si oro puro! Dec?an. Sin duda esta es la l?nea de una buena veta. Al paso de un buen tiempo lograron sacarla con enorme esfuerzo y se la llevaron hasta el arrollo que baja de Vetagrande y quedaron extasiados frente a ella. A pesar de estar sumamente cansados no pod?an dormir con solo pensar en lo que disfrutar?an su tesoro. A ratos se miraban uno a el otro con gran recelo y desconfianza.
Nadie sabe lo que paso el resto de la noche, pero al d?a siguiente, un pastor los encontr? muertos y dio aviso de inmediato. El representante de la autoridad que en ese entonces era el se?or Diego Romo levant? el acta que dice: La causa de ambas muertes es por ri?a entre ellos mismos. Los motivos a la fecha permanecen en un total misterio, quiz? fue la codicia, la piedra fue olvidada pues no tenia ning?n valor alguno, estaba compuesta, por ars?nico y azufre.
Cuenta la leyenda que varias personas encontraban en esa piedra un lugar adecuado para afilar su cuchillo o su machete pero al hacerlo, se transformaba en un ser agresivo y atacaba a toda persona sin raz?n aparente, como fueron varias las personas que sufrieron de esta transformaci?n, la piedra adquiri? fama de propiciar cr?menes, pues todos lo que afilaban ah? todos sus cuchillos o instrumentos de labranza se tornaban en seres seres como pose?dos por el maligno, lesionando a sus compa?eros o amigos.
Por consecuencia creci? la cifra de hechos sangrientos, ante tales sucesos se reunieron el gobernador del estado y el tercer Obispo se Zacatecas, Fray Buenaventura, y decidieron tomar medidas para remendar tan ca?tica situaci?n. El Obispo acompa?ado por Fray F?lix Palomino y cuatro di?conos salieron al anochecer camino a Vetagrande a realizar un conjuro contra las fuerza demon?acas de aquella piedra. Despu?s de esto se la llevaron a un sitio escogido por el obispo fuera del alcance de los pendencieros. Este fue en el alto del muro posterior de la catedral, precisamente debajo de la campana chica.
Este se puede ver desde donde arranca la calle del ?ngel a espaldas de Catedral. Si usted tiene dote de observador, quiz? notara algo mas con relaci?n a la mal?fica piedra.
La plazuela de Zamora
Aquel d?a del a?o de 1696, Don Pedro de Quijano se daba a todos los demonios, pues nunca hubiera cre?do que su ?nica hija, la hermosa Mar?a Leonor, se enfrentar?a con ?l de la manera que lo hizo, al notificarle que ten?a que desposarse con el acaudalado minero Don Juan Antonio de Ponce y Ponce, due?o de la hacienda de San Jos?. Al saber la voluntad paterna, la bella ni?a hab?a contestado con dulce firmeza que preferir?a el convento o la muerte antes que ser esposa de ese se?or, a quien respetaba, pero nunca llegar?a a querer. Ni los ruegos, ni las amenazas la hicieron cambiar de decisi?n.
El se?or Ponce y Ponce, con sus cincuenta a?os, viudo y due?o de importante caudal, llenaba las ambiciones de Don Pedro, que de la escasa herencia que hab?a dejado su padre, solo le restaba la vieja casona en que viv?a en el callej?n que lleva su nombre y dicha casa estaba hipotecada. Por eso la negativa de su hija daba al traste con sus proyectos y no resolv?a sus apuros econ?micos.
La raz?n que ten?a Mar?a Leonor para desobedecer a su padre, era que estaba enamorada locamente y era correspondida, del joven Jos? Manuel Zamora, ahijado de Do?a Catalina de Sandoval, se?ora muy rica y virtuosa, muy amiga de la difunta madre de Ma. Leonor. Seis meses hac?a que los j?venes se amaban, protegidos por Do?a Catalina que hab?a prometido a la madre de la ni?a velar por su felicidad y confiada en la caballerosidad y buena prenda de su ahijado, cre?a que era el partido que mejor le conven?a ya que Ma. Leonor era pobre y ella pensaba donar a Jos? Manuel todos sus bienes.
Pero la ambici?n de Don Pedro derrumb? tan dulces ilusiones, furioso por la negativa de su hija se pas? a investigar el motivo y mand? a una mulata que ejerc?a los m?s bajos oficios, a que averiguara todo lo concerniente a su hija y a sus amistades. Antes de una semana, la bruja le llev? los datos m?s exactos que hubiera deseado saber, y supo que todos los d?as un embozado segu?a a su hija cuando ?sta iba a o?r misa al convento de la Merced acompa?ada de una vieja sirvienta; que terminada la misa la esperaba el embozado, que ya descubierto era un apuesto gal?n joven quien le ofrec?a el agua bendita que ella agradec?a con la m?s dulce sonrisa; que la volv?a a seguir hasta su casa y que antes de entrar en ella se volv?a Ma. Leonor a verlo y el se desped?a con una profunda reverencia y lo m?s terrible, que por las noches, despu?s del toque de las animas, iba el embozado a platicar por un postigo que daba al crucero detr?s de la casa.
El furor de Don Pedro no tuvo limites, pens? castigar duramente a su hija y al gal?n, y una diab?lica idea le ofreci? dulce venganza. Corri? entonces el rumor que se trataba de derrocar al alcalde mayor, Don Juan de Le?n Valdez, quien ten?a un poder feudal en ?sta ciudad, la noticia le pareci? de perlas a Don Pedro que fue presuroso a pedir audiencia al se?or alcalde mayor, para hablarle confidencialmente de un asunto de vida o muerte. Inmediatamente fue recibido y puso en obra su astuto plan. Dijo al se?or alcalde que sab?a que un individuo rondaba su casa con el prop?sito de asesinarle por ser ?l tan adicto al gobierno y a otras personas m?s, que era un esp?a de los descontentos al r?gimen de la nueva Espa?a, que si lograba aprenderlo, le encontrar?an documentos que probar?an lo dicho por ?l.
El se?or de Le?n Valdez no dud? de la verdad del denunciante por tenerlo en la m?s alta estima y en agradecimiento a su celo, le despidi? afectuosamente que ordenar?a la aprensi?n del misterioso embozado cuanto antes. Don Pedro llamo a la mulata y le entrego una carta para el joven que iba a rondar su casa, advirti?ndole que no le dijera quien la mandaba. Aquella carta estaba escrita en t?rminos comprometedores.
Esa noche al llegar Jos? Manuel al crucero de Quijano, le entregaron una carta que guard? en su bolsillo sin abrir; acaba de abrir el postigo la blanca mano de su amada cuando apareci? un pu?ado de guardias y le intim? a prisi?n por lo que sin despedirse de su amada sigui? a los guardias. Loca de terror corri? la ni?a a refugiarse en su oratorio cuando le sali? al paso Don Pedro, quien sin preguntarle de donde ven?a, le dijo ?nicamente: “El cielo siempre castiga la desobediencia”
Tres d?as despu?s, frente a la casa de Don Pedro Quijano se alzaba un cadalso en que iba a ser ajusticiado Jos? Manuel Zamora, a quien las torturas no hab?an restado su valent?a. P?lido y demacrado pero con porte altivo, subi? las gradas del pat?bulo y dando un beso al crucifijo y una ?ltima mirada a los balcones de su amada, entreg? su cuello al verdugo.
Horas m?s tarde entraba al convento de la merced (Hoy ex -escuela normal) Mar?a Leonor, donde proofeso de religiosa y muri? con olor a santidad. La plazuela donde muriera angustiosamente Jos? Manuel Zamora, llev? como nombre su apellido.
Lomas de Bracho
Gozaba de fama de Tenorio Dn. Juan Bautista de Bracho y Echegaray, se deb?a en parte a los comentarios que hac?an sus numerosos amigos, quienes en cuanto sab?an de alguna conquista, la propagaban a los cuatro vientos, exagerando las proezas amatorias de Dn. Juan, con el prop?sito de adularle.
El joven apuesto y rico, cualidades que lo hac?an irresistible al encanto de las doncellas se rend?an a los requiebros del enamorado gal?n, semejando ?ste al famoso burlador de Sevilla. Las enamoraba y las olvidaba pero no las seduc?a, sus padres que lo adoraban no encontraban mal el juego del gallardo mozo y pensaban que con la edad entrar?a en juicio y se casar?a con alguna rica heredera; por lo que daban magnificas fiestas en su residencia de la hacienda de las mercedes, en la que se reun?a lo mas grato de la sociedad. Ah? acud?an bell?simas y acaudalas ni?as, entre las que podr?a Juan escoger. Pero ?l, aunque le gustaban todas, no se dejaba aprisionar en el dulce lazo del matrimonio.
Entre las bellezas del barrio de mineros “la pinta” destacaba Rosa Lujan, muchacha alegre y coqueta, que aceptaba relaciones con todo el que la pretend?a sin formalidad alguna. Por lo que muchas veces corri? sangre por causa de sus locuras. A ella no le importaba el amor de los mineros, ella segura de su belleza, ambicionaba m?s; quer?a nada mas que al se?or de Bracho y Echegaray y cosa rara era que ?ste no se fijara en ella a pesar de ser tan bella, quiz?s por su condici?n de hu?rfana de uno de los capataces, hac?a que ?ste la respetara. El se?or de bracho sal?a dos veces al a?o en visita de inspecci?n de sus minas de Sombrerete y su ausencia duraba de dos a tres meses. Una vez que se fue de viaje Rosa desapareci?, todos creyeron que se hab?a fugado con ?l, la madre de Rosa desolada pero al mismo tiempo sumisa a los se?ores de la hacienda. No solo no protest?, sino que prohibi? a sus hijos que hicieran gesti?n alguna. Dos meses m?s tarde recib?a un recado del hospital de San Juan de Dios, de que Rosa se encontraba moribunda. Corri? la infeliz mujer al lado de su hija y apenas pudo reconocerla; estaba tan extenuada y desfigurada que nadie la hubiera reconocido. No pod?a hablar, solo en la mirada aterrorizada de sus ojos se sab?a que ten?a vida. Horas despu?s mor?a sin pronunciar el nombre del causante de su desgracia, lleg? a su ?ltima morada en hombros de sus tres hermanos y de Saturnino, el ?ltimo de sus novios. Cuando le arrojaran la ultima paletada de tierra, los cuatro hombres juraron vengarse.
D?as despu?s regresaba Don Juan de su viaje y mucho se extra?o de que le imputaran el rapto de Rosa; neg? rotundamente el hecho y se ofendi? de que lo creyeran capaz de tal felon?a. Una noche que por ser d?a de pago, volv?a de una de sus minas y fue agredido por cuatro hombres que lo asaltaron por sorpresa en terrenos cercanos a su casa. El mozo que lo acompa?aba huy? cobardemente.
Al d?a siguiente fue recogido su cad?ver acribillado a pu?aladas, los asesinos no tardaron en ser aprehendidos, denunciados por el mozo. fueron ejecutados en el mismo lugar del crimen a pesar de que el padre de Dn. Juan les perdonara la vida con generosidad.
A?os despu?s, un mendigo ciego y repugnante, hizo una declaraci?n “In articulo mortis” Don Juan no hab?a sido el raptor de Rosa, sino un aventurero franc?s de apellido Langot, gambusino de oficio y quien estaba enamorado de Rosa pero sin la esperanza de ser correspondido por ella. Motivo por el cual decidi? raptarla con ayuda del declarante; fue conducida a un socav?n abandonado en la mina San Jos? de Garc?a, all? fue victima de los peores tratos y vigilada para que no escapara. Aterrorizada la infeliz, mal alimentada y sin esperanzas de libertad, fue perdiendo la raz?n y la salud. Vi?ndola en trance de muerte, resolvieron deshacerse de ella por temor a que los denunciaran y una noche la llevaron por los cerros y la dejaron cerca del hospital. Su crimen no quedo impune, un d?a que los dos criminales trataban de barrenar una veta, estall? el barreno, antes de que pudieran ponerse a salvo. El franc?s muri? horriblemente destrozado, su ayudante quedo ciego y mantuvo el secreto por temor a la justicia. Ahora que nada ten?a que temer reivindicaba, aunque tarde, la memoria de Don Juan.
Los se?ores de Bracho descansan al lado de su hijo, en el hoy ruinoso pante?n de la lomas de Bracho.
Me parece que esta p?gina es muy buena, completa e interesante, pero creo que ya que es una p?gina que puede ser visitada por much?simas personas deben tener cuidado con las faltas de ortograf?a que se encuentran.
Por ejemplo, en la leyenda de La calle de Manjarrez encontramos un p?rrafo escrito textualmente de la siguiente manera:
Lo vienes del jud?o fueron rematados por falta de herederos;
No se si existan m?s porque no he podido leer todo pero este es un ejemplo claro que me permite inferir que deben checar todo.
Gracias.
Gracias,
Ya lo corregimos y también otros dos que nos encontramos después de haber recibido si nota.
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